El Corazón de Jesús y la Eucaristía

En la cruz brotaron del Corazón traspasado de Cristo agua y sangre como símbolos de los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía. Del mismo modo, todos los días en la Eucaristía, se renueva el sacrificio de Jesús por todos los hombres. Es decir, así como en la cruz Jesús nos revela su corazón traspasado por amor, así también en la Eucaristía se renueva ese amor tan grande que lo llevó a entregar la vida por los suyos. Por eso, podemos decir que el principal don del amor del Corazón de Jesús es su presencia eucarística.

Con la institución de la Eucaristía, Jesucristo ha extremado todavía más su amor: no solo se hizo hombre para redimirnos, no solo murió en la cruz por cada uno y resucitó para entregarnos la vida eterna; sino que además quiso quedarse con nosotros hasta el fin del mundo (Mt, 28, 20). En la Eucaristía encontramos al mismo Jesús, a Cristo vivo, que nos ama con un Corazón de hombre y que nos espera y busca con un amor cada vez mayor. El Corazón de Cristo se ha quedado con nosotros, escondido en el pan y el vino, esperando ser correspondido. Y, como si no bastara, podemos participar de este banquete instaurado en la Última Cena, de manera que nos podamos unir y asemejarnos a Él, haciéndose posible la oración: “haz mi corazón manso y humilde como el tuyo”.

En la Eucaristía, como en ninguna otra parte, podemos encontrar el Corazón vivo de Jesús, que nos aguarda y que nos busca. Por eso mismo, la Eucaristía es el centro de las revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a santa Margarita María y de la devoción a su Corazón. Las dos prácticas más importantes de esta última son prácticas eucarísticas que el mismo Jesucristo le pidió a la santa en Paray le Monial: la Hora Santa de cada jueves y la comunión de los primeros viernes de cada mes. Jesús nos pide estas prácticas manifestándonos que su Corazón sigue vivo en la Eucaristía, con un inmenso amor que solo busca ser correspondido.