Horas Santas

Simón, tengo algo que decirte (San Manuel González)

“Tengo algo que decirte…” (Lc. 7,4) Importa mucho que fijes en tu cabeza y más en tu corazón este anuncio: EL CORAZÓN DE JESÚS EN EL SAGRARIO TIENE ALGO QUE DECIRTE. Como a Simón, el fariseo desatento que lo convidó a comer, te dice a ti: “Tengo algo que decirte”. Y antes de que le respondas, como aquél, “Maestro di”, quiero y te ruego que te detengas un poco a saborear esas palabras. ¡Dicen tanto al que las medita, que ellas solas calmarían más de una tempestad y disiparían» más de una tristeza…!

Fíjate en el afectuoso interés que revela ese tener Él, ¿sabes quién es Él?, que decirte algo a ti, a ti. ¿Te conoces un poquito?

¡Él a ti! ¿Puedes medir toda la distancia que hay entre esos dos puntos? ¿No? Pues tampoco podrás apreciar cumplidamente todo el valor de ese interés que tiene Él en hablarte a ti. ¡Él a ti!

Una comparación te dará idea aproximada de lo que significa ese interés.

Respóndeme: ¿Hay mucha gente en el mundo que tenga interés en decirte algo? ¡Claro! Como es tan reducido el número de los que te conocen, en comparación con los que no te conocen, puedes afirmar que la casi totalidad de los hombres no tienen nada que decirte. Y entre los que te conocen, ¿sabes si son muchos los que tienen algo que decirte?

La experiencia sin duda te habrá enseñado que de los que te conocen quizás no sean pocos los que digan de ti, ¡se habla tanto de los demás!, pero a ti, fuera de los mendigos y necesitados, ¿verdad que son muy pocos los que tienen que decirte algo que te interese, sólo para ti, que te haga bien?

¡Verdaderamente despertamos tan escaso interés en el mundo!

¿QUÉ INTERÉS DESPIERTO YO?

Nosotros tan insignificantes, pese a nuestro orgullo, en el mundo y ante los hombres; nosotros, para quienes ni los reyes, ni los sabios, ni los ricos, ni los poderosos, ni aún casi nadie en el mundo tienen ni una palabra ni un gesto de interés, sabemos, ¡bendito Evangelio que nos lo ha revelado!, que el Rey más sabio, rico, poderoso y alto nos espera a cualquier hora del día y de la noche en su Alcázar del Sagrario para decirnos a cada uno con un interés revelador de un cariño infinito la palabra que en aquella hora nos hace falta.

Y ¡que todavía haya aburridos, tristes, desesperados, despechados, desorientados por el mundo! ¿Qué hacen que no vuelan al Sagrario a recoger su palabra, la palabra que, para esa hora suprema de aflicción y tinieblas, les tiene reservada el Maestro bueno que allí mora?

Y ¡tiene tanto valor esa palabra! ¿No has visto cómo se calma el ansia del enfermo dudoso de la gravedad de su mal al oír al médico la palabra tranquilizadora y anunciadora de pronta mejoría? ¡Y la palabra del médico no cura! ¡La Palabra del Sagrario, sí!

Alma creyente, lee en buena hora libros que te ilustren y alienten, busca predicadores y consejeros que con su palabra te iluminen y preparen el camino de tu santificación; pero más que la palabra del libro y del hombre, busca, busca la palabra que, para ti, ¿lo oyes?, para ti solo tiene guardada en su Corazón para cada circunstancia de tu vida el Jesús de tu Sagrario.

Ve allí muchas veces para que te dé tu ración, que unas veces será una palabra de la Sagrada Escritura o de los santos que tú conocías, pero con un relieve y un sentido nuevos, otras veces será un soplo, un impulso, una dirección, una firmeza, una rectificación, no tienes que pronunciar con el alma estas dos palabras:

“Maestro, di…”

Y sumergido en un gran silencio, no sólo de ruidos exteriores, sino de tus potencias, sentidos y pasiones, espera la respuesta suya.

Que te la dará, no lo dudes.

Meditaciones de un trapense (San Rafael Arnaiz)

¡Qué grande es la misericordia de Dios!

Ave María

¡Qué grande es la misericordia de Dios! Cómo se ensancha el corazón al contemplar la misericordia divina. El hombre no es nada…, quizás sea peor que nada; su vida sobre la tierra es algo tan sin importancia, que no se concibe.

Dios es infinito… Su existencia desde la eternidad no cabe en inteligencia humana.

He aquí dos cosas, el hombre y Dios. Dos seres distintos, infinitamente distintos… Creeríase pecado de soberbia el pretender siquiera compararlos… Dios que no cabe en los cielos, y cuya idea hace llegar a la locura al alma del hombre; el hombre…, miseria, pecado, pequeñez…, átomo indivisible en el espacio.

¡Qué grande es la misericordia de Dios!

El alma de ese hombre, que hoy se ha acercado en la comunión a Dios, no sabe expresarla. ¡Qué grande es la misericordia de Dios!

El corazón de ese pobre hombre trapense que hoy, sin él comprenderlo, atónito de admiración, ha tenido dentro de sí a Dios…, no sabe decir nada.

¡Qué grande es la misericordia de Dios! Esta exclamación la va repitiendo lentamente, sin llegar a comprenderla… Su alma se abisma en la grandeza del Criador, que se digan descender hasta la criatura…

Y en las misteriosas y calladas horas de la noche, el trapense medita, en los misterios de su religión…, en los misterios de un Dios, que siendo Dios, se hizo hombre, y no contento con eso, se oculta en la humildad de un Sagrario, para ser nuestro consuelo sobre la tierra.

El monje también se esconde a las miradas del mundo, para tratar con su Dios, y en las tranquilas horas transcurridas en su presencia, halla el trapense hartamente recompensada, la austeridad de su vida… En los dulces coloquios con Jesús, su silencio monacal…, y en los tesoros de gracias sobrenaturales, su sacrificio y crucifixión al mundo.

¡Qué grande es la misericordia de Dios!, va lentamente repitiendo por los claustros del Monasterio, mientras las primeras luces del alba penetran poco a poco a través de los amplios ventanales, anunciando la aparición del sol… Y el nuevo día amanece como contestando con los trinos de los pájaros, y la alegría de la luz, a la exclamación de ese trapense, que allá adentro en su corazón, no se cansa de cantar las misericordias y las grandezas del dueño absoluto de la creación entera.

Jesús a Santa Faustina Kowalska

«Mi Corazón está colmado de gran Misericordia por las almas y sobre todo por los pobres pecadores. Oh si pudieran comprender que Yo soy para ellos el mejor de los padres; que para ellos ha brotado de mi Corazón Sangre y Agua, como de un manantial desbordante de Misericordia; que para ellos vivo en el Tabernáculo y como Rey de Misericordia deseo colmar a las almas de Gracias, pero no quieren aceptarlas. Ve tú por lo menos lo más seguido posible a tomar las Gracias, que ellos no quieren aceptar y con esto consolarás mi Corazón…»

Hora Santa (San Mateo Crawley)

Redentor del mundo; Te amamos, Jesús, en la hermosura de tu Corazón agonizante… Sólo Tú eres grande, Tú sólo santo en esta humillación de la Divina Hostia… Tú sólo altísimo en este misterio de incruento sacrificio… ¡Gloria a Ti, Jesús-Eucaristía, en las alturas de tus ángeles…; Alabanza a Ti en el corazón de los humanos!… En nombre de todos ellos y, en especial, en nombre de todos los que sufren con amor y fe, adoramos las lágrimas, la soledad, el tedio, las angustias, todas las amarguras, las agonías todas de tu Sagrado Corazón. Creemos que tú eres el Cristo, el Hombre-Dios de todos los dolores.