Oraciones de Santos al Sagrado Corazón

Ábreme tu Corazón (Santa Gertrudis)

¡Oh Señor Jesús, oh mar inmenso! ¿Por qué tardas en recibir esta débil gota de agua en tu plenitud? Todo el deseo de mi alma, tan ardiente como dulce, es salir ahora de mí mismo y entrar en Ti.

Ábreme, como un refugio de salvación, tu Corazón tan amado. El mío ya no lo tengo, pues eres Tú, ¡oh mi querido tesoro!, quien lo ha tomado y lo guardas dentro de Ti. De Ti vive únicamente, y lo has transformado, a pesar de su miseria, en el tuyo. Mi alma desea fundirse en sus llamas para no vivir más que para Ti.

¡Qué dulce es esta unión! ¡Qué superior a cualquier otro modo de vivir es esta íntima familiaridad contigo! Hazme respirar tu paz divina y la misericordia que hay en Ti, que eres el rico y abundante tesoro de las más diversas consolaciones.

Te pido que mi alma se convierta y se vuelva totalmente hacia Ti, en tu tierno Corazón encuentre yo la plena satisfacción de todas mis ansias, y el logro de todos mis anhelos. Amén.

Corazón de mi único amor (Santa Margarita María de Alacoque)

¡Oh Corazón de mi único amor, Jesús! No pudiendo amarte, honrarte y glorificarte según la medida del deseo que me inspiras, invito al cielo y a la tierra a hacerlo por mí. ¿Por qué no inflamas el cielo y la tierra en tus más puras llamas, para consumir en ellas todo lo que encierran, a fin de que todas las criaturas no respiren más que tu amor?

Hazme morir o sufrir o, al menos, cámbiame toda en corazón para amarte, consumiéndome en tus más vivos ardores. ¡Oh fuego divino! ¡Oh llamas del Corazón de mi único amor, Jesús!, abrásame sin piedad, consúmeme sin resistencia, ven a mi corazón para reducirme a cenizas. ¡Oh fuego devorador de la Divinidad, ven, ven a prender en mí! Abrásame, consúmeme en tus más vivas llamas, que hacen vivir a los que en ellas mueren.

Te ofrezco mi corazón (San Claudio de la Colombiere)

En reparación de tantos ultrajes y de tan crueles ingratitudes, oh adorable y amable Corazón de Jesús, y para evitar en cuanto de mí dependa el caer en semejante desgracia, yo te ofrezco mi corazón con todos los sentimientos de que es capaz; me entrego enteramente a Ti, y desde este momento manifiesto mi deseo de olvidarme de mí mismo para remover el obstáculo que pudiera impedirme la entrada en tu Divino Corazón, que tienes la bondad de abrirme, y donde deseo entrar para vivir y morir, penetrado enteramente y abrasado por tu amor.

Sagrado Corazón de Jesús: enséñame el perfecto olvido de mí mismo, ayúdame para que no haga nada que no sea digno de Ti. Enséñame lo que debo hacer para llegar a la pureza de tu amor, cuyo deseo me has inspirado. Siento en mí una gran voluntad de agradarte, y una impotencia aún mayor de lograrlo, sin una luz y socorro que no puedo esperar sino de Ti.

Haz en mí tu voluntad, Señor.

Ámame tal como eres (Beato Carlos de Foucauld)

Conozco tu miseria, las luchas y tribulaciones de tu alma, la debilidad y las dolencias de tu cuerpo; conozco tu cobardía, tus pecados y tus flaquezas. A pesar de todo te digo: dame tu corazón, ámame tal como eres.

Si para darme tu corazón esperas ser un ángel, nunca llegarás a amarme. Aún cuando caigas de nuevo, muchas veces en esas faltas que jamás quisieras cometer y seas un cobarde para practicar la virtud, no te consiento que me dejes de amar.

Ámame tal como eres. Ámame en todo momento cualquiera que sea la situación en que te encuentras, de fervor o sequedad, de fidelidad o de traición. Ámame tal como eres. Déjate amar. Quiero tu corazón. En mis planes está moldearte, pero mientras eso llega, te amo tal como eres. Y quiero que tú hagas lo mismo. Deseo ver tu corazón que se levanta desde lo profundo de tu miseria: amo en ti incluso tu debilidad. Me gusta el amor de los pobres, quiero que desde la indigencia se levante incesantemente este grito: Te amo, Señor. Lo que me importa es el canto de tu corazón. ¿Para qué necesito yo tu ciencia o tus talentos? No te pido virtudes, y aun cuando yo te las diera, eres tan débil, que siempre se mezclaría en ellas un poco de amor propio. Pero no te preocupes por eso… Preocúpate sólo de llenar con tu amor el momento presente.

Hoy me tienes a la puerta de tu corazón, como un mendigo, a mí que soy el Señor de los señores. Llamo a tu puerta y espero. Apresúrate a abrirme. No alejes tu miseria. Si conocieras plenamente la dimensión de tu indigencia, morirías de dolor. Una sola cosa podría herirme el corazón: ver que dudas y que te falta confianza.

Quiero que pienses en mí todas las horas del día y de la noche. No quiero que realices ni siquiera la acción más insignificante por un motivo que no sea el amor. Cuando te toque sufrir, yo te daré fuerzas. Tú me diste amor a mí. Yo te haré amar a ti más de lo que hayas podido soñar. Pero recuerda sólo esto: ámame tal como eres.

Acto de confianza en Dios (San Claudio de la Colombiere)

Dios mío, estoy tan persuadido de que velas sobre todos los que en Ti esperan y de que nada puede faltar a quien de Ti aguarda todas las cosas, que he resuelto vivir en adelante sin cuidado alguno, descargando sobre Ti todas mis inquietudes. Mas yo dormiré en paz y descansaré, porque Tú, ¡oh Señor!, sólo Tú, has asegurado mi esperanza.

Los hombres pueden despojarme de los bienes y de la reputación; las enfermedades pueden quitarme las fuerzas y los medios de servirte; yo mismo puedo perder tu gracia por el pecado; pero no perderé mi esperanza; la conservaré hasta el último instante de mi vida y serán inútiles todos los esfuerzos de los demonios del infierno para arrancármela. Dormiré y descansaré en paz.

Que otros esperen su felicidad de su riqueza o de sus talentos; que se apoyen sobre la inocencia de su vida, o sobre el rigor de su penitencia, o sobre el número de buenas obras, o sobre el fervor de sus oraciones. En cuanto a mí, Señor, toda mi confianza es mi confianza misma. Porque Tú, Señor, sólo Tú, has asegurado mi esperanza.

A nadie engañó esta confianza. Ninguno de los que han esperado en el Señor ha quedado frustrado en su confianza. Por tanto, estoy seguro de que seré eternamente feliz, porque firmemente espero serlo y porque de Ti, ¡Oh Dios mío!, es de quien lo espero. En Ti esperaré, Señor, y jamás seré confundido.

Sé que soy frágil e inconstante; sé cuánto pueden las tentaciones contra la virtud más firme; he visto caer los astros del cielo y las columnas del firmamento; pero nada de esto puede aterrarme. Mientras mantenga firme mi esperanza, me conservaré a cubierto de todas las calamidades; y estoy seguro de esperar siempre, porque espero igualmente esta invariable esperanza.

En fin, estoy seguro de que no puedo esperar con exceso de Ti y de que conseguiré todo lo que espero. Así, espero que me sostendrás en las más rápidas y resbaladizas pendientes, que me fortalecerás contra los más violentos asaltos y que harás triunfar mi flaqueza sobre mis más formidables enemigos. Espero que me ames siempre; yo te amaré sin interrupción; y para llevar de una vez toda mi esperanza tan lejos como pueda llevarla, te espero a Ti mismo para caminar contigo, ¡oh Creador mío!, para el tiempo y para la eternidad. Así sea.

Tengo sed de Ti (Santa Teresa de Calcuta)

Es verdad. Estoy a la puerta de tu corazón, de día y de noche. Aún cuando no estás escuchando, aún cuando dudes que pudiera ser yo, ahí estoy: esperando la más pequeña señal de respuesta, hasta la más pequeña sugerencia de invitación que Me permita entrar.

Y quiero que sepas que cada vez que me invitas. Yo vengo siempre, sin falta. Vengo en silencio e invisible, pero con un poder y un amor infinitos, trayendo los muchos dones de Mí Espíritu. Vengo con Mi misericordia, con Mi deseo de perdonarte y de sanarte, con un amor hacia ti que va más allá de tu comprensión. Un amor en cada detalle, tan grande como el amor que he recibido de Mi Padre («Yo los he amado a ustedes como el Padre me ama a mí…» (Jn. 15,10). Vengo deseando consolarte y darte fuerza, levantarte y vendar todas tus heridas. Te traigo Mi luz, para disipar tu oscuridad y todas tus dudas. Vengo con Mi poder, que me permite cargarte a ti: con Mi gracia, para tocar tu corazón y transformar tu vida. Vengo con Mi paz, para tranquilizar tu alma.

Te conozco como la palma de mi mano, sé todo acerca de ti, hasta los cabellos de tu cabeza he contado. No hay nada en tu vida que no tenga importancia para mí. Te he seguido a través de los años y siempre te he amado, hasta en tus extravíos. Conozco cada uno de tus problemas. Conozco tus necesidades y tus preocupaciones y, si, conozco todos tus pecados. Pero te digo de nuevo que Te amo, no por lo que has hecho o dejado de hacer, Te amo por tí, por la belleza y la dignidad que mi Padre te dio al crearte a Su propia imagen. Es una dignidad que muchas veces has olvidado, una belleza que has empañado por el pecado. Pero te amo como eres y he derramado Mi Sangre para rescatarte. Si sólo me lo pides con fe, Mi gracia tocará todo lo que necesita ser cambiado en tu vida: Yo te daré la fuerza para librarte del pecado y de todo su poder destructor.

Sé lo que hay en tu corazón, conozco tu soledad y todas tus heridas, los rechazos, los juicios, las humillaciones, Yo lo sobrellevé todo antes que tú. Y todo lo sobrellevé por ti, para que pudieras compartir Mi fuerza y Mi victoria. Conozco, sobre todo, tu necesidad de amor, sé que tan sediento estás de amor y de ternura. Pero cuántas veces has deseado satisfacer tu sed en vano, buscando ese amor con egoísmo, tratando de llenar el vacío dentro de tí con placeres pasajeros, con el vacío aún mayor del pecado. ¿Tienes sed de amor?

«Vengan a Mí todos los que tengan sed…» (Jn. 7, 37). Yo te saciaré y te llenaré. ¿Tienes sed de ser amado?, te amo más de lo que te puedes imaginar…. hasta el punto de morir en la cruz por ti.

TENGO SED DE TI. Sí, esa es la única manera en que apenas puedo empezar a describir mi amor. TENGO SED DE TI. Tengo sed de amarte y de que tú me ames. Tan precioso eres para mí que TENGO SED DE TI. Ven a Mí y llenaré tu corazón y sanaré tus heridas. Te haré una nueva creación y te daré la paz aún en tus pruebas. TENGO SED DE TI. Nunca debes dudar de Mi Misericordia, de mi deseo de perdonarte, de Mi anhelo por bendecirte y vivir Mi vida en tí, y de que te acepto sin importar lo que hayas hecho. TENGO SED DE TI. Si te sientes de poco valor a los ojos del mundo, no importa. No hay nadie que me interese más en todo el mundo que tú. TENGO SED DE TI. Ábrete a Mí, ven a Mí, ten sed de Mí, dame tu vida. Yo te probaré qué tan valioso eres para Mi Corazón.

¿No te das cuenta de que Mi Padre ya tiene un plan perfecto para transformar tu vida a partir de este momento? Confía en Mí. Pídeme todos los días que entre y que me encargue de tu vida y lo haré. Te prometo ante Mi Padre en el Cielo que haré milagros en tu vida. ¿Por qué haría Yo esto? PORQUE TENGO SED DE TI. Lo único que te pido es que te confíes completamente a Mí. Yo haré todo lo demás.

Desde ahora, ya veo el lugar que Mi Padre te ha preparado en Mi Reino. Recuerda que eres peregrino en esta vida viajando a casa. El pecado nunca te puede satisfacer ni traerte la paz que anhelas. Todo lo que has buscado fuera de Mí sólo te ha dejado más vacío, así que no te ates a las cosas de este mundo; pero, sobre todo, no te alejes de Mí cuando caigas. Ven a mí sin tardanza porque cuando me das tus pecados, me das la alegría de ser tu Salvador. No hay nada que yo no pueda perdonar y sanar, así que ven ahora y descarga tu alma.

No importa cuánto hayas andado sin rumbo, no importa cuántas veces me hayas olvidado, no importa cuántas cruces lleves en esta vida, hay algo que quiero que siempre recuerdes y que nunca cambiará. TENGO SED DE TI, tal y como eres. No tienes que cambiar para creer en Mi Amor, ya que será tu confianza en ese Amor la que te hará cambiar. Tú te olvidas de Mí y, sin embargo. Yo te busco a cada momento del día y estoy ante las puertas de tu corazón, llamando. ¿Encuentras esto difícil de creer? Entonces, mira la Cruz, mira Mi Corazón que fue traspasado por tí. ¿No has comprendido Mi Cruz?, entonces escucha de nuevo las palabras que dijo en ella, te dicen claramente por qué Yo soporté todo esto por ti: «…. TENGO SED» (Jn. 19, 28). Sí, TENGO SED DE TI. Como el resto del salmo que Yo estaba rezando dice de Mí: «… esperé compasión inútilmente, esperé alguien que me consolara y no le hallé.» (Salmo 69:20). Toda tu vida he estado deseando tu amor. Nunca he cesado de buscarlo y de anhelar que me correspondas. Tú has probado muchas cosas en tu afán por ser feliz. ¿Por qué no intentas abrirme tu corazón, ahora mismo, abrirlo más de lo que lo has hecho antes?

Cuando finalmente abras las puertas de tu corazón y finalmente te acerques lo suficiente entonces Me oirás decir una y otra vez, no en meras palabras humanas sino en espíritu: «no importa qué es lo que hayas hecho, te amo por ti mismo. Ven a Mi con tu miseria y tus pecados, con tus problemas y necesidades, y con todo tu deseo de ser amado. Estoy a la puerta de tu corazón y llamo… ábreme, porque TENGO SED DE TI….»

Oración al Corazón de Jesús para alcanzar humildad (Santa Teresita del Niño Jesús)

¡Oh Jesús! Cuando eras peregrino en la tierra, dijiste: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso de vuestras almas». Sí, poderoso Monarca de los cielos, mi alma encuentra el descanso al ver cómo os abajáis vistiendo forma y naturaleza de esclavo, hasta lavar los pies de vuestros apóstoles. Entonces me acuerdo de estas palabras que pronunciasteis para enseñarme a practicar la humildad: «Ejemplo os he dado para que lo que yo he hecho con vosotros, lo hagáis también vosotros. No es más el discípulo que su Maestro… Si comprendéis estas cosas, es seréis felices practicándolas». Yo comprendo, Señor, estas palabras salidas de tu Corazón dulce y humilde, y con la ayuda de vuestra gracia quiero practicarlas.

Quiero abajarme humildemente y someter mi voluntad a la de mis hermanas, sin contradecirlas en nada y sin averiguar si tienen o no derecho a mandarme. Nadie tenía, Amado mío, este derecho sobre Vos y, sin embargo, obedecisteis, no sólo a la Santísima Virgen y a San José, sino también a vuestros verdugos. Ahora os veo colmar la medida de vuestros anonadamientos en la Hostia. ¡Con qué humildad, oh, divino Rey de la gloria, os sometéis a vuestros sacerdotes, sin hacer distinción alguna entre los que os aman y los que son, por desgracia, fríos y tibios en vuestro servicio! Ya pueden adelantar o retrasar la hora del santo Sacrificio; estáis siempre pronto a descender del cielo a su llamada.

¡Oh, Amado mío, qué dulce y humilde de Corazón me parecéis bajo el velo de la blanca Hostia! No podéis abajaros más para enseñarme la humildad. Por eso, quiero responder a vuestro amor, ponerme en el último lugar, participar de vuestras humillaciones, a fin de «tener parte con Vos» en el reino de los cielos.

Os suplico, mi divino Jesús, que me envíes una humillación cada vez que intente sobreponerme a las demás.

Pero conocéis mi debilidad; cada mañana tomo la resolución de practicar la humildad, y por la noche reconozco haber cometido muchas faltas de orgullo. Al ver esto, me tienta el desaliento, pero sé que el desaliento es también una forma de orgullo. Por eso, quiero, Dios mío, fundar mi esperanza sólo en Vos. Puesto que todo lo podéis, dignaos hacer en mi alma la virtud que deseo. Para alcanzar esta gracia de vuestra infinita misericordia, os repetiré muchas veces: «¡Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo”». Amén.

Acto de Amor al Sagrado Corazón de Jesús

Permitidme, ¡oh Corazón divino y adorable de mi Salvador!, que me dirija a Vos, y que os pregunte: ¿Por qué, Dios mío, habéis propuesto una nueva manera de inmolaros por mí en la divina Eucaristía? ¿Tenéis en tan poco, Señor, haberos ofrecido una vez a los azotes, a los dolores, a los insultos y a la muerte en Cruz, que era preciso que ahora, que estáis glorioso e inmortal, os vea expuesto sin cesar a los oprobios en vuestro Sacramento de amor, donde sois tan despreciado, insultado y pisoteado por aquellos que debieran amaros más? Dios mío, traspasad mi corazón con un rayo de vuestro amor; acordaos que, llevando el peso de mis pecados en el huerto de los Olivos y sobre la Cruz, Vuestro Corazón se ha afligido y ha gemido a la vista de mis miserias: no permitáis que vuestra tristeza, vuestros dolores, vuestras lágrimas y vuestra sangre me sean inútiles. Me habéis amado cuando yo no os amaba, cuando yo no quería amaros ni quería que me amaseis, pero ahora que sí lo quiero, os doy mi corazón, metedlo en el Vuestro, para que ya no viva sino por, en y con Vuestro Corazón. Amén.

Corazón de Jesús, fuente de amor y de paz

Corazón de Jesucristo, fuente de amor y de paz,
aquí están tus fieles hijos que jamás te dejarán.
Si buscábamos un cielo lo hemos encontrado en Ti.
No tenemos ya, no tenemos ya más anhelo,
que vivir amándote a Ti.
No pedimos otro premio que en tu pecho descansar.
No buscamos más que almas, almas,
donde puedas Tú reinar.

Corazón de amores herido, Corazón de nuestro Rey,
te ofrecemos nuestras vidas, sólo tuyas quieren ser,
porque venga ya tu reino, reino de amor y de fe,
de esperanza y paz, de amor y de verdad es tu reino,
reino que nunca acabará.
Conquistarte el mundo entero, no tenemos otro afán.

No buscamos más que almas, almas
donde puedas Tú reinar.
Corazón de amores herido, Corazón de nuestro Rey,
te ofrecemos nuestras vidas, sólo tuyas quieren ser.
Tómalas Tú como quieras, gota a gota o de una vez.
¡Qué felices si, qué felices si Tú quisieras,
aceptarlas así también!
¡Qué feliz si yo pudiera ofrecerla a tus pies! y morir gritando:
¡Viva! ¡Viva! ¡Jesucristo nuestro Rey!

Postrado a vuestros pies humildemente

Postrado a vuestros pies humildemente,
vengo a pediros, Dulce Jesús mío,
poderos repetir constantemente:
¡Sagrado Corazón, en Vos confío!

Si la confianza es prueba de ternura,
esta prueba de amor daros ansío,
y aún cuando esté sumido en la amargura:
¡Sagrado Corazón, en Vos confío!

En las horas más tristes de mi vida,
cuando todos me dejen ¡oh Dios mío!,
y el alma esté por penas combatidas:
¡Sagrado Corazón, en Vos confío!

Cuando sienta venir la desconfianza,
y os obligue a mirarme con desvío,
no será confundida mi esperanza:
¡Sagrado Corazón, en Vos confío!

Si en el Bautismo que hermoseó mi alma,
yo os prometí ser vuestro y Vos ser mío,
clamaré siempre en tempestad y en calma:
¡Sagrado Corazón, en Vos confío!
Yo siento una confianza de tal suerte,
que sin ningún temor ¡oh Dueño mío!,
espero repetir hasta la muerte:
¡Sagrado Corazón, en Vos confío!

Reinad Señor, fervientes suplicamos,
sea tu amor faro en nuestro camino,
prometisteis reinar y lo esperamos;
¡Sagrado Corazón, en Vos confío!

Oración del Papa Pío IX

Ábreme, oh Jesús, tu Sagrado Corazón. Muéstrame sus encantos. Úneme a Él para siempre. Que todas las respiraciones y palpitaciones de mi corazón, aun cuando esté durmiendo, te sirvan de testimonio de mi amor y te digan sin cesar: Señor, te amo. Recibe el poco bien que hago, dame tu gracia para reparar el mal que he hecho y para que te ame en el tiempo y te alabe por toda la eternidad. Amén.