Reparación al Sagrado Corazón de Jesús

Para hablar de reparación, primero debemos pensar en el Amor del Corazón de Jesús. Todo amor es sensible pero el Amor del Corazón de Jesús, muchísimo más. Todo lo que hacemos tiene un impacto en su Corazón: nada hay que le sea indiferente: todos los desprecios, frialdades, olvidos y pecados, por más pequeños que sean, lo hacen sufrir de manera indecible. Por esto es que se revela a Sta. Margarita María con los signos de la Pasión, para hacernos ver que esa Pasión sigue de algún modo presente en cuánto a que sigue sufriendo con cada una de las ofensas. Y una de las cosas que le pide es que ella lo ame por todos los que no lo aman. Sabiendo que el Corazón del Señor sufre, por amor, queremos consolarle, ofreciéndole nuestra vida.

De aquí surge la necesidad de expiación, en reparación por los pecados de los hombres.

La reparación al Corazón de Jesús está íntimamente relacionada con la Eucaristía porque en ella encontramos a Cristo vivo. Jesús, por medio de las revelaciones a santa Margarita María de Alacoque, nos invita a la reparación mediante la práctica de la Hora Santa y la comunión reparadora. La primera, es recordar y acompañar a Cristo en su agonía en Getsemaní, velando con Él, consolando su Corazón de hombre angustiado y suplicando con humildad y esperanza su misericordia. La segunda, es comulgar con la intención de expiar las ofensas cometidas contra el Sacratísimo Sacramento. Jesús misericordioso, además, promete la gracia de la penitencia final a quienes comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos con estas intenciones.

Ambas prácticas eucarísticas y todo acto de reparación no son más que una aceptación humilde y agradecida del amor misericordioso del Señor. Nuestra vida se convierte en una ofrenda de amor a Cristo, para dejarnos amar y ofrecer nuestro pobre amor en reparación por tantos desamores que hemos propinado.